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Antes de que hubiera carreteras y carros en el Valle, para ir a Boca de Pascuales se transitaba por un callejón, a pie ó a caballo. El sendero estaba rodeado de monte virgen y abundaban los árboles espinosos: espino blanco, guamúchil, timúchil, granjén, palo fierro, etc.

Las personas de más edad, originarias de Tecomán, contaban que Pascuales llevaba ese nombre porque en el lugar habitaban una pareja de ancianos llamados Pascual y Pascuala.

Voces del Pasado imagen
Damiana Cisneros, madre de Braulio Ángel y abuela de Alberto Ángel, hace poco tiempo desaparecido, fue la primera enramadera que se recuerda que en tiempo de secas, en el primer tercio del siglo XX, vivía en Pascuales, acompañada por su hijo Braulio, que era pescador. Doña Damiana vendía pescado en caldillo y guisado a los paseantes. Braulio traía el producto de la pesca a vender a Tecomán.

Cuando Braulio falleció, alrededor de 1930, acompañaba a Doña Damiana un hermano de Braulio, pero poco tiempo después de que este murió, Doña Damiana dejo de ir a Pascuales.

Después de Doña Damiana, se instalaron también en tiempo de secas Don Basilio González y su esposa Doña María de Jesús Ochoa, así como Doña Inés González, madre de Ramona León, que en sus enramadas vendía comida a base de mariscos. Se fueron avecindando pescadores que todo el año vivían allá, como Flavia y su hijo Miguel "Gorra Prieta" y Clemente Frías.

Otro pescador que vivía en ese lugar y traía pescado a vender a Tecomán, era "El Paludismo" cuyo nombre fue cubierto por el polvo del olvido.

Después de ellos, tomaron residencia en el lugar, con negocios de mariscos Carlos Martínez "El Veracruzano", Jorge Solórzano y el Dr. José Ramos Alcázar, que ocupaban las enramadas que posteriormente fueron de Salvador Gallardo Ochoa, "El Mayor de Pascuales".

En tiempos pasados, cuando el agua era escasa en Tecomán, antes de que hubiera riego agrícola, no había huertas de árboles frutales en el interior del valle. Solamente existían en las márgenes de los ríos Armería y Coahuayana y cerca del corredero natural que está por El Bajío, Valenzuela y el Chaguil. En este último lugar existía una, huerta grande de mangos y en el mes de mayo, los habitantes de Tecomán hacían paseos a esa huerta a comer y traer mangos a sus casas, por el pago de una pequeña cantidad de dinero. Como no había carros, el viaje se hacía en bestia o a pie.

El mes de mayo, en que se regalaba al paladar el placer de saborear los dulces frutos característicos de la temporada, como pitayas, ciruelas, guamúchiles y mangos, constituía un alivio al bochorno habitual de nuestro clima de la costa. En tiempos en los que la mayor parte de la planicie costera estaba ocupada por el monte, abundaban las pitahayas, las ciruelas cimarronas y las anonas, frutos que también maduraban en el mes de mayo.

En los meses de la temporada de secas, cuando las corrientes estaban limpias, se organizaban paseos a los ríos y al mar, buscando escapar del extremoso clima del valle.

El hombre ha criado en todos los tiempos a los animales domésticos que se han servido para su alimentación y trabajo. También ha buscado entre los animales silvestres a los qué le sean de provecho como alimento, y así, en los tiempos en los que el valle estaba cubierto de vegetación natural, abundaban especies animales que, al ser cazadas, fueron de utilidad en el diario sustento de los campesinos. Tal fue el caso de venados, iguanas, armadillos, conejos, huilotas, chachalacas y codornices, así como especies que en gran cantidad vivían en las aguas del mar, esteros y ríos, como peces, jaibas, camarones, moyos, langostinos, tortuga marina y sus huevos. También chocolopas, guabinas y chigüilines.