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Estuvo al frente de la Parroquia de Tecomán de 1872 a 1875. Don Gregorio Torres Quintero lo describe así: "Todo el mundo lo llamaba sencillamente el padre Pinto. Era de todos conocido. Jamás hubo en Colima un sacerdote más popular. Era alto, delgado y de suave color blanco. Su voz era benignamente afable y su acento de misionero. Era bueno con los pobres y bueno con los ricos. Su caridad era inagotable y tenía olor de santidad. De él se contaban muchas cosas impresionantes que consagraban su beatitud".

No son las virtudes sacerdotales, ni mucho menos su discutible olor de santidad lo que nos movió a mencionarlo, sino el hecho de haber sido el fundador de la primera escuela de niñas de Tecomán en 1873 y su preocupación por establecer otros centros escolares en Valenzuela y Guaracha, además de los de Manzanillo y Armería.

El Sr. Pbro. Vicente Pinto, virtuoso sacerdote que murió en olor de santidad y que es muy venerado por los muchos prodigios que de él se cuentan, se hizo cargo de la parroquia de Santiago Tecomán en julio 3 de 1872, desarrollando una muy fecunda labor en todos los órdenes, siendo él, quien trasladó el cementerio del atrio parroquial hacia el lugar que ocupó por casi cien años en la orilla oriente de la población. El esfuerzo del Padre Pinto por la educación del pueblo en las escuelas y en el templo, secundando la política del Sr. Obispo Loza, quedó de manifiesto por la fundación que hizo de varias escuelas en distintas poblaciones. En 1873 estableció la primera escuela para niñas en Tecomán. El año 75 fue el más fecundo de su apostolado. El 28 de agosto de ese año en un informe da parte que tiene fundadas escuelas en Manzanillo, Armería, Valenzuela y Guaracha. El 27 de febrero de 1876 bendice y coloca, la primera piedra de la capilla de la Hacienda, de El Rosario, hoy Madrid, la cual se termina y es bendita por el Sr. Cura Ocaranza en 1879. Para, esa obra se contó con la colaboración de los hacendados Don Francisco Santa Cruz y Don Encarnación Osorio. En relación con la gran admiración que despertó en el pueblo la atractiva personalidad del Padre Pinto y la veneración que por él se sentía, se transcribe en parte un escrito que dirige desde Colima el Sr. Pbro. J. Félix Ramírez y Jiménez al Sr. Cura José María Arreguín con fecha 15 de julio de 1944, en que le comunica que habiéndole dispuesto El Excmo. Sr. Velasco que escribiera la vida del Sr. Pinto, solicita se le proporcionen algunos informes : 1.- Copia del Oficio de destino al Padre Pinto a Tecomán.- 2.- Copia del oficio de traslación del Padre Pinto de esa o informarse por cuanto tiempo administró la Parroquia y si los que lo conocieron lo tuvieron en opinión de santo". {C El Padre Pinto entregó la Parroquia de Tecomán al Sr. Pbro. Francisco Amézcua y pasó al curato de Ejutla que había dejado vacante D. Balbino Díaz Infante, por enfermedad. Esto fue con fecha 26 de agosto de 1876. {C Díjose una vez que una mujer maltratada cruelmente por su marido, huyó y fue a refugiarse en el curato que regenteaba el Padre Pinto. A poco llegó el airado marido reclamando enérgicamente a su mujer. Pero el cura al verlo tan colérico, se negó a entregársela, temiendo por ella, lo cual no fue del agrado de aquél, haciéndole desatarse en injurias contra el sacerdote y hasta en amenazas de muerte.<span lang="ES" style="line-height: 150%; font-family: 'Arial', 'sans-serif'; font-size: pt"> </span>

- Mira hijito, le decía el manso sacerdote, no entiendas que quiero retener indebidamente a tu mujer, puesto que es tuya. Pero estás muy enojado en estos momentos y puedes causarle un mal. Serénate, y cuando te hayas calmado, ven por ella.

Pero aquel hombre no entendía de razones y seguía injuriando al cura.

yeme, Continuaba diciendo el cura, por lo que dices veo que estás lleno de pecados. Entra a confesarte. Confesaré también a tu mujer. Yo los reconciliaré a los dos y de aquí se irán luego como esposos amantes.

Más el marido no escuchaba reflexiones, retirándose, al fin, con la amenaza en los labios.

-¡Pronto me la pagará, cura tal! - fue lo último que dijo.

Aquel hombre era, en verdad, de muy mala entraña, de manera que, al retirarse, se fue derecho a ver a un amigo de su misma calaña, -para contarle lo sucedido y decirle:

-Necesito que me ayudes a darle su merecido a ese maldito cura. Voy a fingirme enfermo y tú irás a llamarlo para que me confiese, sin decirle que soy yo. Nada sospechará, porque no sabe cuál es mi casa. Y cuando entre y se me acerque, lo despacharé al otro mundo de una puñalada, ¡Yo le enseñaré a no guardarse las mujeres ajenas!.

Como se lo rogaron, así lo hizo el amigo fiel .

El Padre montó a caballo, porque el caso era urgente, haciéndose acompañar del desconocido y de un mozo de confianza, también montado.

Al llegar a la miserable cabaña que habitaba el enfermo, en los arrabales de la villa, era ya casi de noche. El cuarto estaba oscuro, por lo cual el cura encendió un cerillo procurando alumbrar la pequeña estancia. Fijó su mirada en un rincón del cuarto y exclamó en seguida:

-¡Pero Dios Santo! A este hombre lo han matado.

¡Había visto al fingido enfermo, en el lecho, con los brazos abiertos y un enorme puñal clavado en la mitad del corazón!