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 Los chorros de lumbre Editar

Los Chorros de Lumbre 1

Había en la hacienda un viejo muy mentiroso y fanfarrón. A todas horas se vivía contando exa-geraciones y profiriendo valentonadas y blasfe-mias. Un día vino a la plática el tema de un tigre que ya se había oído en la noche, cerca del rancho y que quería llevarse unos becerros que estaban en el chiquero. Ya se le había escuchado bufar en las noches anteriores en el potrero cercano al corral, y Simón, que así se llamaba el exagerado, le dijo a Don Tano el administrador: - Así como usted me ve, nomás deme tiempo de afilar mi machete y yo me le enfrento a ese ani-mal, no es nada para mí. - Estás comprometido Simón, si quieres agarra la bufadera para que más pronto venga. - No, no hay necesidad. Soy capaz de no dormir para espiarlo. Al día siguiente de la plática, en la noche, se oye-ron los bufidos del tigre en el potrero, muy cerca y atrás del corral y Simón no apareció, hasta que Don Tano salió al corral, hizo unos disparos al aire con la carabina y se dejó de oír el animal.

Un día Don Tano y los vaqueros Rosendo y Arnulfo, urdieron un plan: - Ora verá ese viejo hablador, le vamos a poner una estratagema para quitarle lo fanfarrón. Aho-ra en la noche, cuando él llegue de regreso de Coquimatlán, ya le vamos a tener preparada una sorpresa. Ahorita les voy a explicar que van a hacer. Y los puso de acuerdo en el plan. Consiguieron un cántaro de gollete. Le hicieron dos portillos arriba y a los lados, simulando ojos. Más abajo y en medio, le hicieron un agujero ho-rizontal figurando la boca. Le pegaron unos chiles guajillos abiertos y exten-didos en los portillos y prendieron una vela aden-tro del cántaro. Lo dejaron adentro de la hacien-da, a un lado del portón en donde está el balcón. Se pusieron a espiar la llegada de Simón, y un rato después se oyeron unos guacos. Venía cae que no cae, campaneándose para un lado y otro del camino, con el machete terciado por un lado. - Hijos de María Santísima, aquí está Simón pa' lo que gusten y manden. - Ahí viene, escóndanse y quédense quietos. Al llegar a donde estaba el cántaro, Simón pegó un reparo y sacó el machete. Primero reculó y lue-go rodeando el cántaro, fue a parar en su carrera hasta el corredor de la hacienda. 26 José Salazar Cárdenas Llegó agitado, tartamudeando y asombrado. Salió Don Tano y le dijo socarronamente: - ¿Qué te pasa Simón?. Te veo muy fatigado. - Don Tano, se me acaba de aparecer el diablo. Se alzaba un tanto así del suelo, echaba chorros de lumbre por los ojos y la boca, y se me atravesaba en el camino. - No puede ser eso Simón. ¿No serán imaginacio-nes tuyas?. - No Don Tano, le aseguro que acabo de mirar al diablo. - A ver, dime ¿dónde lo miraste?. Mientras, Rosendo y Arnulfo fueron y quitaron el cántaro de donde estaba, lo llevaron a la galera que servía de bodega y lo escondieron. - Ahorita lo llevo Don Tano para que vea dónde mero lo encontré. - A ver, vamos. - Aquí fue Don Tano, aquí miré al diablo. - Pero si aquí no hay nada Simón. Yo no veo nada. ¿No será que ya ves visiones?. - Le juro Don Tano que aquí lo acabo de ver. Rosendo y Arnulfo, retirados de ellos, soltaron la carcajada.

- ¡Mira nomás, como coloradea el suelo de cirue-las!: 

- Te vas a la casa y te traes el tecomate, la sal y el alacate-, me dijo mi tío. - La sal está ya aventajada en la mesa. Dile a Jacinta que te la dé. Pero pícale porque los tesmos te van a ganar. Me quedan colgando los pies y no alcanzo los es-tribos de la silla de montar, pero así me le subí a la yegua mora, le eché chicotazos y me arranqué a la casa. El ciruelar está en el rancho, cerca del pueblo. En el callejón hay monte para los dos lados. Hay granjenes, coliguanas, timúchiles, palosfierro, mezquites y otros palos. Iba encarrerado pensando en los encargos y en un abrir y cerrar de ojos, se me vino una rama de palofierro, derecho a la cabeza. No alcancé a es-quivarla y ...a mirar estrellas. Es seguro que duré un buen rato sin saber de mí, porque me acuerdo que me levanté del arenal, con tierra hasta en las orejas y todavía destanteado, alcancé a ver la yegua como a 30 pasos de mí. En un rato en que Dios me alivianó el pensamiento, caminé hasta donde estaba el animal, me le subí y me fui al pueblo. Volví al ciruelar con el tecomate de bule y el alacate. 

- ¿Dónde está la sal?, grandísimo atarantado-, me dijo mi tío. Con toda seguridad cuando llegué al pueblo des-pués del golpe, todavía iba aturdido, porque olvi-dé decirle a mi tía Jacinta de la sal. Yo no le conté nada a mi tío de lo del golpe que me di en la cabe-za. Le tengo miedo porque es muy recio conmigo.Cabal que no me mataría por no hacer lo que él dice, pero no dejaría de darme unos cuan-tos cuerazos. 

Di rienda pa' tras, recogí la sal de la casa y cuan-do llegué de vuelta al ciruelar, ya llevaba el sudor de la espalda señalado como salitre en el cotón. Era a punto de medio día. En ese rato pusimos a hervir el agua en el cazo, con leña que teníamos preparada, le agregamos la sal y me puse a juntar ciruelas maduras en una canasta que tenemos para eso. En seguida las vaciamos en el cazo. Ya hervidas, las ciruelas de ser coloradas, que-dan amarillas y pachiches. 

Después, las sacamos del cazo con el alacate, que es un cucharón que se hace con la parte de arri-ba de un bule ya curtido, que se troza por mitad, se le hacen unos portillos con una lezna para ase-gurarle un cabo de palo que sirve de agarradera. Tenemos ya preparado y extendido en el suelo, zacate de ese que crece en las salinas. Después de sacar las ciruelas del cazo, las colocamos so-bre el zacate para que se asoleen y se sequen. En la noche las tapamos con costales para que no les caiga el sereno, porque tardarían más en secar-se y se les lava la sal. Una vez que han durado unos cuatro días en el sol, se voltean, y en unos días más, ya están las ciruelas pasadas. Así no desperdiciamos tanta ciruela cuando se viene la maduración de golpe. Vengo diario al ciruelar porque hay muchos ani-males que nos hacen perjuicio. Tengo que correr a los tesmos, las ardillas, los pericos y toda clase de pájaros como calandrias, charas, urracas y otros. 

Los que más guerra nos dan son los pericos. Me canso de sonarles un bote con una piedra y allí siguen. Les tengo que aventar como cinco o seis pedradas arrebiatadas con la honda para que se vayan. Ganan y se van al monte, pero cuando menos acuerdo, ya están otra vez mordiendo ci-ruelas en los palos y allí sigo aventando pedradas hasta que se me cansa el brazo. Así es igual todos los días mientras dura la maduración de las ciruelas.